3 de abril de 2018

'La muerte y la doncella': Una historia de venganza

Una semana más nuestro jueves por la noche se viste de gala para recibir grandes cintas de no menos enormes cineastas. Esta vez le toca el turno al galardonado Roman Polanski y La muerte y la doncella, un thriller psicológico que estrenó en 1994 y que desde Paramount Channel no querríamos que dejárais pasar por nada del mundo. Porque Polanski es mucho Polanski y cuando le acompañan temas tan suculentos como la venganza todavía lo es más. Y os vamos a contar por qué La muerte y la doncella os va a parecer la mejor opción.
Paulina (Sigourney Weaver) fue torturada y violada hace quince años durante la terrible dictadura que arrasó su país. Ahora está casada con Gerardo (Stuart Wilson), un prestigioso abogado que se encarga, además, de investigar los crímenes contra los derechos humanos que se llevaron a cabo en dicha dictadura. Una noche, y es este el punto de partida de la cinta, llega a casa con el doctor Miranda (Ben Kingsley), un hombre que ha sufrido una avería en su coche y cuya voz le resulta a Paulina tremendamente familiar. Efectivamente: Cree reconocer en él a su despiadado torturador, del cual únicamente recuerda su voz, y se propone secuestrarlo para llevar a cabo su venganza.
Con permiso del capitán Montero de La máscara del zorro (o lo que es lo mismo, el siempre correcto intérprete británico Stuart Wilson), las estrellas que realmente brillan en esta cinta (y que hacen que prácticamente ignoremos hasta los lugares en los que se sitúan) son Sigourney Weaver y Ben Kingsley. No siempre es fácil conseguir que dos colosos de la interpretación como estos aúnen fuerzas en un largometraje sin (a priori) demasiada repercusión comercial y que se sientan tan terriblemente cómodos. Como terribles y sumamente reales, todo sea dicho, son muchas de las escenas que comparten y que van revelando, poco a poco, todo aquello que anida en las torturadas mentes de víctima y también de verdugo.
Para queLa muerte y la doncella  resulte lo realista que finalmente es, juega un papel imprescindible la figura de una tercera persona que contemple los hechos como un atónito mediador involuntario que no sabe a cuál de las dos partes defender al cien por cien: Gerardo. El marido de Paulina acaba envuelto en los hechos sin saber por instantes si guiarse por su lado más visceral y unirse a su esposa o si, por el contrario, no dejar que esta pague con la misma moneda con la que a ella se le pagó y guiarse por un lado más cívico que ayude al personaje de Kingsley a salir de esa situación. Gerardo Escobar es, pues, el personaje en el que realmente Polanski quiere que nos veamos reflejados.
El redondísimo guion del cineasta, que adapta la obra de teatro homónima con el encanto y libertad propios de la gran pantalla, se sustenta sobre unas cuidadas líneas de diálogo (con varios pasajes imperdibles) a las que les acompañan una muy bien escogida luz tenue y la música de Schubert (con su pieza 'La muerte y la doncella', por supuesto) para conseguir dejarnos paralizados durante la hora y cuarenta minutos de metraje. El polaco pasea su narración entre el horrible pasado de Paulina sin caer en el morbo propio de su condición y su incierto presente en el que busca venganza con el humano temor de no saber si en ese deseo de poder devolver todo el mal que se le causó va a lograr encontrar paz.
Todo cierra con una sublime escena final que bien podría catalogarse como uno de los cierres más dolorosos y duros de la filmografía de Polanski que hacen de La muerte y la doncella una de esas películas que nos dejan mal cuerpo y que, a pesar de ser conscientes de ello, no podemos dejar de revisitar una y otra vez. Esta cinta es un ejercicio de cine del que nos revuelve por dentro y nos hace pensar. O lo que es lo mismo, todo un ejercicio de CINE con mayúsculas. Acomodaos en vuestra butaca y recordad vuestra cita con La muerte y la doncella en La Filmoteca y en REPLAY.
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